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16/11/2007
'RETRATOS DE INDIVIDUOS' por MARIANO NAVARRO (crítico de El Cultural de El Mundo)

¿Qué se puede escribir a propósito de un artista que se autorretrata con las bragas de su novia en la cabeza tapándole la cara, Virginieonmywind, 2006, qué dedica toda una serie, es más una exposición entera, a los sucesos de una noche de sábado que terminan en un cuarto de baño, Saturdaynigthbathroom, y que prefiere como útil el bolígrafo bic a los lápices Rembrandt? ¿Qué decir, además, cuando el joven pintor del que hablo opta por el retrato de sus contemporáneos como género exclusivo, en cuadros de un realismo veraz nada forzado, al hilo en apariencia de las formas más tradicionales, en los que inyecta una doble carga, estética y argumental, peligrosa y expansiva? Como él mismo hay que asentarse en lo cierto, por insegura que sea toda certidumbre.

Las casi diez apretadas páginas que el vetusto ejemplar que conservo del Diccionario Larousse de la Pintura dedica al termino “Retrato” empiezan con esta definición: “Representación de un individuo según una técnica determinada (pintura, dibujo, grabado, escultura). Se puede considerar el problema del retrato según un triple punto de vista: histórico (evolución de un individuo, en busto o de cuerpo entero, estático o en movimiento, sobre un fondo neutro, en un interior o en un paisaje), sociológico (testimonio de una sociedad y de sus estructuras), estético en la medida en que la imitación y la imaginación intervienen en diversos grados”.

 Al margen de que a finales de los años setenta, fecha de la edición de que dispongo, el término individuo (o al menos esa fuese la traducción elegida) sirviera sin desdoro ni gramatical ni civil para designarnos a todos aquellos factibles de ser retratados, lo que me encanta, lo cierto es que los tres puntos de vista podrían servirnos de ruta para ensayar algunas ideas respecto a los digamos peculiares retratos de individuos nada peculiares que realiza Juan Francisco Casas.

Desde el punto de vista histórico, primero que apunta el diccionario, pueden describirse sus retratados como hombres y mujeres jóvenes, todos en la segunda o primeros años de la tercera década de su existencia, sin que ninguno se vea perpetuado en su desarrollo cronológico a la madurez o la ancianidad (asunto de difícil seguimiento dada la edad del pintor, la misma aproximadamente que la de sus modelos).

Generalmente sus actitudes son más dinámicas que estáticas, si bien sus gestos y ademanes no se corresponden con las reglas del decoro, sino que, todo lo contrario, se diría que el pintor ha buscado justamente las opuestas a aquel o, cuando se acerca a ellas, lo hace desde una absoluta indiferencia moral, que de nada meritorio los reviste.

Son mucho más, por no decir todos, retratos en interiores –los pocos que abordan el paisaje lo hacen desde la perspectiva de los aficionados al picnic–, las más de ellos domésticos, aunque ausentes de referencias de clase, por lo que cabría considerarlos fondos neutros; se observa, eso sí, cierta preferencia, como hemos apuntado, por los aseos y cuartos de baño, que el autor justifica tanto por causas coyunturales como por razones pictóricas, así el tratamiento visual del agua de la ducha, de las cortinas de baño, los cuerpos mojados, e incluso, el alicatado de las paredes.

Históricamente, pues, son jóvenes, sin clase social definida, ayunos de recato y sin nada meritorio que los destaque de los demás. Él mismo ha descrito las imágenes que le interesan, son aquellas que: “representan momentos muy puntuales, de manera separada e independiente del contexto en el que se produjeron, desconectadas de la narrativa de la sucesión de apariencias puntuales que es la realidad, y que la dota de sentido y significado”.

Su análisis sociológico, como respuesta, recuerde el lector, a las exigencias del diccionario, nos informa más cumplidamente del qué de su historia. Atestiguan de una sociedad del bienestar, en la que la gente veinteañera parece vivir en una fiesta continua y en la que toda broma o gesto descarado resulta permisible o irrechazable. Es más, se diría que lo protagonistas individuales de cada lienzo “inventan” un modo tolerable de la desfachatez o una leve impudicia como pasaporte a ser cuadro. Mujeres en situación confusa y hombres que hacen alarde de sus deseos, cuando no jugueteos eróticos o aspavientos obscenos, eso es lo que vemos.

Recoge el Larousse una cita de San Juan para explicar cómo el cristianismo introdujo cierto distanciamiento con la realidad a la hora de la representación de los cuerpos: “Pintar bien no es reproducir, sino ver el alma”. La de estos muchachos y muchachas no hay duda de que es propia de espíritus festivos y alegres y, como sugiere Frederic Montornés en uno de los textos inaugurales sobre el artista, parecen “gente que se lo está pasando bien...”, pero que te hace ver que no eres tú el protagonista ni tampoco lo serás, pues argumenta, con razón, que los espectadores somos intrusos en la fiesta que han organizado, y nuestra única respuesta ante sus acciones es la de una risa incómoda y nerviosa.

En palabras de Casas: “El contexto desde el que se toman [las imágenes] pertenece a una esfera privada y personal, y como tal, bajo una mirada diferente de la del protagonista o de la del autor, se definen como imágenes de una memoria que no es la del espectador y por lo tanto desvinculadas de su significado”.

Por último, desde el punto de vista de la estética cabría señalar algunos aspectos singulares. En primer lugar, la corrección plástica de estas pinturas y sus aciertos figurativos. Ciertamente parten, el autor no lo oculta, de instantáneas o fotografías caseras, tomadas en el fragor de la fiesta o en el momento más inesperado para su o sus protagonistas, que son luego trasladadas a lienzos las más de las veces de grandes o medianas dimensiones –aunque tampoco elude el pintor hacer versiones en diferentes tamaños y de gran fidelidad de unas a otras–. Pero las resoluciones adoptadas para los rostros, no sólo a la hora de reproducir las facciones, los pocos objetos representados, el entorno mismo, son propiedad de la pintura y no de ninguna reproducción mecánica.

Quiero pensar, y no creo equivocarme, que si una chica fue sorprendida con una máscara de maquillaje en la cara –The relaxing agosto y las dos versiones de TheCalvinKelinpower, 2004–, lo fue porque así conviene a los argumentos histórico y sociológico antes comentados, pero, sobre todo, porque esa capa verde sobre la piel rosácea crea una superficie pintada que seduce al ojo observador, del mismo modo que el antifaz de plástico de su lúbrico acompañante exige un tratamiento de veladuras y luces cuya carnalidad es cosa de la pintura y no de la fotografía; podría seguir con la conjunción del rojo del jersey y el blanco de las perlas de la muchacha y el suéter naranja del chico y el blanco distinto del dentrífico de la aseada y odontológica pareja de Heavymetalspeedtetthbrushing, 2004, pero esa es una aventura personal en cada uno de los equívocos y promiscuos, pictóricamente hablando, cuadros de Juan Francisco Casas, que al espectador le conviene hacer en solitario, pues ajeno, extrañado a los hechos, incluso si se quiere escandalizado, que no lo creo posible, el cómo están pintados es lo que le hará dotarlos verdaderamente de significado. 



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