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16/11/2006
'¿QUÈ HAY DE LA PINTURA?' por SARA LUCAS

[…]
Entiendo que el arte comunica porque como afirman Michaud y Gadamer es un lenguaje, una simbología que establece una comunicación con quien sabe entender los signos  y, en este sentido, este lenguaje inevitablemente tiene que estar teñido de connotaciones que lo inscriban en un momento y en un lugar determinados porque se deben a él y surgen de él; pero a mi parecer cuando la funcionalidad primera y última de una obra, digamos proyecto, es mostrar esta circunstancialidad  y nada más, entonces, carece de algo. Porque, evidentemente, en tanto que todos somos hijos de nuestro tiempo, creadores incluidos, no podemos desvincularnos de las coordenadas geográfico-temporales y culturales a las que pertenecemos, porque, toda nuestra forma de hacer es consecuencia y causa a la vez de ello, sin embargo, no puede ser esto únicamente lo que muestre una obra de arte porque, más allá de esta acotación que nos viene dada tiene que haber algo, una verdad, que permanezca y pueda dar continuidad y valor a la obra, en cierto modo, independientemente del marco en el que esté. Tendría que estar hecha de tal modo que, aún prescindiendo de todo ello, conservase un significado que permitiera generar otros, aquello que decía el profesor Miquel Molins que una obra invita a su interpretación pero a la vez se resiste a ella.

Si la obra se debe únicamente a esto, entonces ¿qué tipo de experiencia estética genera? […] Únicamente la evidencia de la obra de arte hace aparecer el criterio estético y éste, como he comentado, exige una interpretación y al mismo tiempo se resiste a ella; así pues, si una creación o proyecto se centra únicamente en hacer una reivindicación social o política que es evidente y palpable y que todos podemos ver entonces no es obra, porque la interpretación es una y no más y no da lugar a esa parte de enigma que comentaba Miquel Molins.

De todas las posturas que se han planteado en lo que llevamos de curso, podría decir que me encuentro en un punto intermedio entre Félix de Azúa y Molins, más decantándome por este último. Molins intentó dibujar unas pautas orientativas que permitiesen el reconocimiento de una obra de arte que serían, a grandes rasgos: la discreción, la fragilidad, la continencia de pasado, presente y futuro; capacidad de seducción y decorativismo, entre otras. Estas pautas recordaban que una obra de arte no es nunca transparente y por este motivo ofrece multitud de lecturas diferentes ya que no es unidireccional; también afirmó que una obra de arte no se sustenta en nada ni fundamenta en nada y por lo tanto tampoco puede fundamentar nada porque es fragmentaria. Entonces bien ¿cómo puede pues afirmarse que algo es arte cuando se sirve de una circunstancia política o social o de índole similar y únicamente ofrece esto como mensaje? La lectura en éste caso es entonces unidireccional.

Puesto que las circunstancias sociales, políticas, etc. Están ahí para que las utilicemos y a la vez nos configuran como seres individuales entiendo que estas puedan, deban y se utilicen como materiales de creación pero considero que lo resultante, sea video, instalación, acción, etc. Sólo tendría carácter de obra de arte si hubiese sido concebido en el sentido que apuntaba Bourriaud, con una intencionalidad de creación de un sentido nuevo y de generación de novedad y singularidad a partir de material ya existente.

Es muy posible que tenga una visión excesivamente esteticista del arte, decorativista. Y que mis predilecciones por las artes plásticas como la pintura o la escultura limiten mi capacidad de lectura; en cualquier caso quise hacer una contraposición entre qué no entraba en lo que yo podría apreciar como arte y qué si lo hacía. Para vehicular mis opiniones he escogido a un artista que en principio puede resultar muy académico y poco contemporáneo dado que es un pintor figurativo, aunque podía haber escogido a un pintor abstracto o a un escultor, pero la evidencia de que vivimos en un mundo de imágenes y que así es como lo leemos y pensamos me hizo decantarme por esta elección y, es más, el hecho de que en apariencia la percepción del objeto sea más inmediata no implica su evidencia y que no entrañe una dificultad de discurso y de sentido.

La elección de Juan Francisco Casas fue azarosa aunque muy oportuna. Conocí la obra de este artista a raíz de un artículo publicado en el semanario del diario El PAIS, EP3 y decidí vehicular mis opiniones y porqué no, predilecciones en lo que a arte se refiere, a través de su obra, entre otras razones, porque es español, por su juventud y porque trabaja principalmente con pintura y dibujo. A modo de presentación sería conveniente conocer algunos datos de su trayectoria: En 1999 obtuvo el Premio Nacional de Fin de Carrera del Ministerio de Educación y Ciencia; y en 2003 el primer Premio ABC de Pintura. En 2004 participó en el Premio ABC de Pintura y en los stands de la galería Fernando Pradilla, donde expone habitualmente y el de ABC para el certamen ARCO de ese mismo año; en 2005 fue el único artista español invitado a la Bienal de Praga. Actualmente participa en la exposición Generación 2006 que tiene lugar en La Casa Encendida en Madrid hasta el 12 de marzo y en ARCO 06.

LA OBRA DE JUAN FRANCISCO CASAS.

La obra de este artista captura instantes del entorno que le rodea, centrándose en pequeños detalles de la realidad, combinando la pintura con la fotografía y la figuración con la abstracción. Por un lado, realiza dibujos en mediano formato utilizando como único instrumento un bolígrafo Bic. Por otro, realiza grandes cuadros al óleo que reproducen las fotografías que hace cuando está de fiesta, mostrando así retazos de autobiografía que se sobreexponen y distancian de la propia experiencia. Sacando la imagen de su contexto, consigue que el espectador se pregunte qué ha pasado antes y después de esa imagen  y porqué parece tan importante. De este modo, utilizando un material habitual y cotidiano, obtiene, paradójicamente, resultados en apariencia académicos.

Si tradicionalmente este tipo de obras de grandes dimensiones se utilizaban para momentos capitales de la humanidad, Juan Francisco Casas las usa para momentos puntuales, efímeros, casi insignificantes, otorgándole a la imagen una inusual importancia y a la vez una palpable ironía y saliendo así de un aparente academicismo que en apariencia le restaría contemporaneidad. Extrovertido, provocador, innovador y de trazo realista busca la complicidad con el espectador por los diferentes sistemas de representación utilizados. Pinturas que parecen conectar con todo el que observa traspasando fronteras e idiomas porque muestran momentos y estados universales dada su cotidianeidad.

De este modo Casas representa una vuelta a la simplicidad de la mano de la pintura y el dibujo y de la que se han hecho eco tanto otros artistas como algunos medios; es el caso de Oliva Mª Rubio, que en referencia a la exposición Generación 2006 comenta:  “Hay un resurgimiento del dibujo de manos de los jóvenes artistas en los últimos años, mezclándose con otros medios como la pintura o la instalación (o la fotografía en el caso del artista que nos ocupa) [...] “...estos jóvenes dibujantes, además de renovar el lenguaje mediante la experimentación, plasman una cotidianeidad muy fresca... se está redefiniendo el concepto de dibujo desde distintas perspectivas... los artistas reinventan la línea...”

De alguna forma, el hecho de que cree obras que tienen, por un lado un componente muy manual, pero por otro uno casi industrial y reproducible, por la utilización de la fotografía, podrían hacer pensar a estas obras como un ready-made pero del propio artista ,al que devuelve el carácter de unicidad, aurático que según Benjamín perdían las obras en su reproducción al reproducir la misma imagen al óleo sobre la fotografía; en cierto modo, Casas reinventa su vida, la reconstruye, descontextualiza y muestra de una forma que sería vista de diferente modo si el formato fuese otro o si nos encontrásemos con una fotografía suya en la mano. Podríamos encontrarnos quizá ante una postproducción de las mencionadas por Bourriaud aunque algo más sofisticada porque no utiliza elementos de la cultura popular ajenos a él y los reinventa sino que se reinventa a si mismo a través de sus cuadros gracias a la magnitud que da a momentos tan anecdóticos, tan absolutamente efímeros y porque nos muestra un pequeño fragmento de su vida a gran escala que podría ser real o no, podría formar parte de una ficción, estar posado o ser realmente una instantánea que ha querido eternizar; y, a través de este proceso, quizá también logra que la comprensión del espectador, o recepción, sea mucho más directa.

Bourriaud se pregunta, refiriéndose a la búsqueda de la novedad o de un nuevo sentido, cómo se puede producir la singularidad, cómo se pueden utilizar los objetos y referentes del ámbito cotidiano para darles un nuevo sentido,  pues bien, porqué no coger nuestro propio ámbito cotidiano que es el más directo que puede haber y algo tan común como es realizar fotografías de nuestro día a día y utilizarlo; porque, al fin y al cabo, eso forma parte también de nuestra cultura, es una forma particular de hacer que todos tenemos; quién no tiene un montón de álbumes de fotos llenos de recuerdos, o se lleva siempre que puede la cámara a alguna reunión o fiesta para intentar plasmar en una fotografía todo lo que ocurre y así poder recordarlo. Esta muestra superlativa de fotografías cotidianas hace que la obra de Casas sea, desde mi punto de vista, mucho más directa, que contenga más verdad, sino ¿porqué motivo querría eternizar un momento tan pasajero? Hay algo que va más allá de la simple imagen, al contrario que cualquier cosa que pueda ser externa al artista, porque su obra le sale de dentro hacia fuera, y eso genera el efecto contrario en el espectador, de fuera hacia adentro, profundizas en ese momento puntual que te muestra y entiendes algo que va más allá, podría decirse que es un proceso similar al que sigue la poesía, pero en imagen, cosa que la hace más directa, más palpable, surge de forma más inmediata pero a la vez te deja algo de misterio que no logras llegar a alcanzar porque no sabes nunca con certeza porqué ha escogido esos momentos para eternizarlos y subrayarlos y no otros y, es ese punto de no claridad lo que mantiene vivo el discurso. 

La obra de Juan Francisco Casas está dotada de una gran contemporaneidad, a pesar de ser figurativa y en apariencia académica o propia de otras tradiciones, porque, si como afirma Bourriaud, una de las vertientes más notables del arte contemporáneo es la de los “fenómenos post” y  estos sirven para “inventar protocolos de uso para los modos de representación y las estructuras formales existentes”  para así “apoderarse de todos los códigos de la cultura, de todas las formalizaciones de la vida cotidiana [..] y hacerlos funcionar” , Casas sigue esta metodología al pie de la letra pero aportándole un trasfondo de verdad y una palpable presencia porque la obra te habla, él te habla y se comunica directamente contigo.

Hacer un ready-made es como mostrar una parte de un todo o mostrar el todo pero desordenado; este artista nos muestra un trocito de una situación y nos invita a que nos adentremos en ella, a que juguemos a encontrar las piezas que van antes y después; hemos comprendido como observadores activos de esa escena que nos presenta que algo ocurre con ella, aunque sea la situación más común imaginable. Y esa movilidad que se da por parte del espectador hace que él mismo, quien observa, genere posibilidades que completen la pieza, le trae a la memoria imágenes o vivencias que le sirven para leer el cuadro; en cierto sentido los cuadros de Casas tienen una función epifánica, pues si sabes comprender la imagen, si tienes el registro adecuado para leerla, probablemente te pondrá en marcha una cadena que activará imágenes similares vistas, provocará que busques referentes ya vistos, ya que tiene cierto aire pop o publicitario e imágenes de cosas ya vividas, pues son hechos cotidianos los que reproduce y que cualquiera podría entender como suyos o al menos familiares, se producirá lo que Michaud denomina como “autoconstrucción de las formas de expresión en el curso de los intercambios” . Los cuadros de JFC consiguen activar esa cualidad que Gadamer y Michaud atribuían  a la obra de arte, la del juego comunicativo, esa que permita activar de forma automática el continuo de escenas que existen en el imaginario de cada uno de los posibles observadores.

A través de las pinturas y dibujos de Casas se dan tres tipos de reconocimientos: en primer lugar y de forma más evidente, el reconocimiento físico, la identificación de la escena como tal y todo lo que ella conlleva; en segundo lugar, la ubicación del artista y por lo tanto del espectador a verse trasladado por la obra, en una tradición cultural , y una época histórico-cultural que es la presente y que nos remite a la cultura popular, a las imágenes que vemos en el día a día y a nuestra forma de vida que es diferente de la de hace 20 años y lo será de la de las formas de hacer futuras y es ese y no otro, el marco del relato que nos cuenta; y, en último lugar, se da esa intuición de una ironía muy perspicaz, ¿porqué dar tanta importancia a momentos tan inocuos? ¿porqué no mostrar una escena de un momento capital de su vida, como un momento de transición? Ante esto no sabes si está dando más importancia a lo cotidiano, a los pequeños momentos que llenan nuestra existencia y superando la frivolidad inicial de esos instantes a través del gran formato o si, por el contrario, se está riendo de todos nosotros.

La primera virtud del ready-made, dice Bourriaud, es establecer un equivalente entre elegir y fabricar, consumir y producir y, así, Juan Francisco Casas  ofrece su propia individualidad y subjetividad; él es el producto, el objeto, pero al hacerlo y darle ese formato, se desvincula de él y deja de serlo, convirtiéndose en una imagen ajena a él mismo pero que procede de él y así materializa y lleva al extremo ese fenómeno que se da en nuestros días de un consumismo feroz y sin escrúpulos y que lleva a que hasta las funciones básicas de nuestra vida cotidiana se vean transformadas en productos de consumo. Casas aborda este hecho desde un discurso mucho más irónico y menos evidente que el tipo de obras mencionadas al principio de este discurso y que da espacio al espectador para que lo reconstruya a su antojo y según su conveniencia.  Bourriaud dice que el arte tiene la función de vehicular un “deseo de volver palpables de nuevo las relaciones humanas que la economía posmoderna ubica en la burbuja financiera”  Casas refleja este hecho en tanto que materializa este relacionarse humano, pero, al hacerlo, se vuelve distante, pierde privacidad y se hace público.

La seducción de la obra de Casas radica en que se ocupa de lo real, de las pasiones humanas, de las relaciones sociales, de esos momentos que permanecerían en el recuerdo, borrosos, si no los magnetizara hasta el extremo como hace y nos dice que eso es lo que realmente considera digno de valorar y de atesorar en el recuerdo. O quizá no, puede que se ría de si mismo y de esta locura que ataca al mundo globalizado en el que todo se vende y todo se compra y todo es susceptible de ser expuesto y tener un precio y él, sarcásticamente, vende su vida como si fuera una mercancía y la expone como si de una vaya publicitaria se tratara. Cada uno que escoja su lectura.



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